Rehacer la vida religiosa

Diarmuid O’Murchu

CG04

Los votos como valores liminares

En cuanto que la vida religiosa pretende ofrecer la presencia de la liminaridad en nuestra cultura y en nuestro mundo, elsistema de valores subyacente se encarna fundamentalmente en los tres votos tradicionales que solemos llamar celibato, pobreza y obediencia. Incluso el lenguaje que usamos para hablar de los votos disminuye su potencial irradiador de valores. El énfasis se pone sobre todo en la renuncia, la negación, la supresión, la privación y la denuncia de la cultura ambiente. Tal y como actualmente se entienden y viven, los votos no favorecen el desarrollo de una contra-cultura sino de una anti-cultura.

Subyaciendo a la vida consagrada en todas las grandes religiones existe una polémica anti-mundo, ascética. Malinterpretamos el significado profundo de los votos porque partimos de una cosmología equivocada que algunos autores modernos como Fiand (1990 pp. 7-33) y Merkle (1992 pp. 93-100) tratan de corregir. Con el comienzo de la revolución agrícola, la humanidad comenzó la conquista del mundo; cuando ésta falló, proyectamos en el universo nuestros sentimientos negativos y de ridículo. Nos enfrentamos al cosmos como una fuerza extraña con la que comenzamos una guerra apocalíptica. Si nosotros no podíamos conquistarlo, nuestro Dios, hecho por nosotros mismos, lo haría. Y lo haría de un modo engañoso y poderoso (de ahí la polémica sobre el fin del mundo que está presente en todas las grandes religiones). Esta espiritualidad anti-mundo, con el ascetismo que la acompaña que fuerza a renunciar a todos los bienes corporales y mundanos, se convirtió en la más importante preocupación para la vida monástica/religiosa, afectando de una manera especialmente nociva el sentido y significado de los tres votos.

En ese contexto ascético los tres votos expresan la renuncia al cuerpo, la sexualidad, la procreación y el placer (celibato); los bienes materiales, el dinero y las posesiones (pobreza); la dominación, el control y la voluntad de poder (obediencia). Sosteniendo ese pensamiento ascético hay una tendencia estética más antigua en la que los valores contra-culturales aparecen de una forma mucho más clara. En ese contexto, el celibato es la invitación a poner nombre, clarificar y expresar los cambiantes temas sexuales y relaciones referentes a la intimidad humana; el grupo o la persona liminar asume y celebra las paradojas, tensiones y potencialidades que el pueblo en su conjunto conoce sólo parcialmente en su experiencia diaria. La tarea del que vive el celibato en la liminaridad no es tanto la de vivir perfectamente todos esos valores cuanto de facilitar la tarea de exploración y crecimiento que lleva hacia una auténtica personalidad y una vida abierta a la relación y llena de sentido. Sugiero, por eso, que en adelante deberíamos llamar a este voto el voto para la Relación.

La pobreza, tal y como es entendida popularmente, es el abandono de todas las cosas materiales de modo que la persona se puede dirigir a Dios libre de las ataduras terrenales. En el marco del contexto contra-cultural liminar, la pobreza (que sugiero que adelante deberíamos llamar con el nuevo nombre de voto para la Mayordomía) se convierte en una llamada a comprometerse más que a descomprometerse: a comprometerse con toda la creación, promoviendo una conciencia de estar relacionado con ella más que de conquistarla o controlarla; fomentando un uso mutuamente interdependiente de todas las cosas que han sido confiadas al cuidado humano, y estableciendo la mayordomía como la actitud básica hacia todo lo que forma la creación. En este caso y como en todos los votos, en lugar de ser una medida útil para evaluar el crecimiento espiritual del individuo el voto se abre a nuevas dimensiones ecológicas y globales.

La obediencia tiene connotaciones de servilismo y pasividad. Pretende ser una virtud que haga posible y facilite una adecuada distribución de poder en una organización jerárquicamente estructurada. En la práctica, a menudo da la impresión de que la persona que se ofrece a vivir en obediencia debe renunciar a sus propias decisiones y someterse completamente a la voluntad de otra persona, cuya inteligencia y sabiduría se igualan con las de Dios. En su más profundo significado liminar, la obediencia debería llamarse el voto para el Compañerismo, invitando al fiel a comprometerse en todo lo relacionado con el poder; a poner nombre a la opresión y al pecado del poder; a confrontar y desautorizar las estructuras y sistemas pecaminosos; a fortalecer a los que carecen de poder inculcándoles los valores que favorecen el compartir y un estilo de vida participativo en todo lo que se refiere al poder y a la toma de decisiones. La razón de ser de este tipo de proceso se centra en la convicción de que todos somos corresponsables porque todos compartimos el poder de ser co-creadores con Dios en el mundo.

Al repensar los votos de manera que nos centremos más en los valores que favorecen el compromiso que en las normas que favorecen el descompromiso, podemos comprender más claramente el papel y la función del grupo liminar (de las implicaciones pastorales y prácticas trataremos en el capítulo sexto). Un primer punto de mucha importancia es que el grupo liminar no existe para sí mismo ni para su auto-perpetuación sino por razón del pueblo. Su papel es servir y atender las necesidades de los otros. En la Iglesia Católica posterior a la Reforma la teología de la vida religiosa se centró en la búsqueda de la perfección. Se suponía que los religiosos y religiosas eran los especialistas en la santidad de tal modo que los efectos acumulativos de su santidad capacitarían a toda la Iglesia para alcanzar la perfección del cielo, entendido en la cosmología de aquel momento como algo situado fuera y más allá de este mundo. Aunque la búsqueda de la perfección se entendía como algo más amplio que la misma vida religiosa, rápidamente se convirtió en un incestuoso movimiento egoísta hacia la perfección de uno mismo y la salvación del alma individual. Esta espiritualidad introvertida y jansenista, aunque ya no promovida institucionalmente, tiene aún un seguimiento significativo entre las religiosas y religiosos de nuestros días.

La liminaridad no significa de ninguna manera una huida de la realidad humana o terrenal. Exactamente lo contrario. En su más auténtico sentido la liminaridad tiende a comprometerse con las realidades concretas a las que se está enfrentando la humanidad y el planeta en las áreas claves de relación en sus vidas especialmente en lo que se refiere al placer (relación), propiedades (mayordomía) y poder (compañerismo). En la medida en que la vocación liminar busca los últimos significados y trata de explorar y articular las aspiraciones más hondas del corazón humano, en esa misma medida es espiritual en el sentido pleno de la palabra (lo que incluye la secularidad). Puede no ser inconfundiblemente religiosa en términos de fidelidad a uno u otro sistema religioso. La liminaridad no necesita una religión formal para dar validez a su existencia ni para justificar su modus operandi. Es fundamentalmente espiritual en todos sus estilos y modos de actuar pero no necesariamente religiosa en un sentido form

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