REFLEXIONES Y PROPUESTAS SOBRE LA VIDA CONSAGRADA HOY

fray honorio mª martín sánchez, osm
Siervos de María

13 de Mayo de 2010

La finalidad de este artículo es la de reflexionar y buscar pautas que nos ayuden a reencontrar, como consagrados y consagradas, la “luz del alba”, en este concreto momento histórico-eclesial, lleno de cambios y de posibilidades, de desafíos y de creatividad, que nos motive nuevamente para mejorar la vivencia de nuestra vocación-consagración-misión, según los diferentes carismas, al servicio de la gente, en nuestros diferentes contextos humanos y culturales.
Me interesa subrayar puntos básicos, profundizar tendencias, escrutar nuevas posibilidades, sugerir pistas para el camino de la Vida Consagrada (V.c.), de manera que pueda responder siempre con mayor verdad al hoy de Dios que nos ha tocado en suerte vivir, dejando de lado tanto lo caduco (lo que ya ni significa ni se entiende ni convence), como lo ilusorio (un proyecto de vida sin raíces).

Desarrollo estos contenidos en tres apartados:

1.- En un mundo de cambios, ser “anticipación del Reino”
2.- Tres grandes compromisos para el presente de la V.c., premisa de futuro
3.- Consideraciones finales, a modo de resumen y sugerencias

1.- En un mundo de cambios, ser “anticipación del Reino”

Todos somos conscientes de vivir en un tiempo de transformación epocal, plural, en el que se están gestando cambios extraordinarios, inimaginables hace unos años, y en todos los ámbitos del ser y del saber acerca de la realidad humana y del universo. Nuevas antropologías y cosmovisiones, sistemas de creencias y posibilidades técnicas en las más variadas ciencias surgen y se confrontan frecuentemente en este mundo nuestro, que es ya de hecho “una aldea global”. Nos maravillamos de los constantes descubrimientos en todas las ramas del saber, desde la biotecnología médica hasta la genética, desde las ciencias sociales a la astrofísica, etc. Un momento sin duda de sorprendente “con-creación”, que hará “más habitable” nuestra “casa del mundo”, pero que al mismo tiempo va acompañado, parece que inevitablemente, con amenazadoras “sombras” de auto-destrucción. Y también en la Comunidad de quienes siguen al Resucitado se experimenta este constante cambio en su seno, en su autocomprensión, en sus carismas, en su misión, en su identidad, en su teología, en su pastoral, en su moral, etc.. Lo mismo sucede con respecto a la Vida consagrada. Es un tiempo de discernimiento, de escrutar-escuchar, de paciencia y diálogo, de preguntar y buscar, para recoger los frutos en el momento oportuno y sin juzgar antes de tiempo, confiando en las semillas de bien y de belleza (huellas de Dios) que hay en todo lo creado. Es tiempo de grandes posibilidades para cosas nuevas, para una recreación que ya en parte fraguaron quienes nos precedieron, en comunión con el Espíritu que “todo lo hace Nuevo”.
Todo un mundo de valores referenciales, en el que muchos religiosos y religiosas nos hemos formado, ya no existe; quedó irremediablemente desplazado en la conciencia y en la vivencia de las nuevas generaciones; ya no “dice” y no nos “dice”; es inconsistente e insignificante (sin entrar en valoraciones morales). Pero al mismo tiempo, el nuevo sistema referencial de valores éticos, religiosos, sociales, culturales, etc., todavía no aparece suficientemente configurado y no “llena” a quien busca indicaciones (éticas pero no sólo) para el vivir de cada día. Sin embargo, existen otras posibles actitudes mientras pasamos de la “estepa a la primavera”.
Frente a: “lo de ayer ya no nos sirve”, y frente a: “lo nuevo no ha nacido todavía”, tenemos la oportunidad de vivir con cordial y serena actitud de confianza el Hoy en que Dios nos ha situado, como vocación-misión, sin fugas hacia un pasado que ya no volverá (ni en contenidos ni en formas), ni tampoco con huidas hacia un futuro “megafantástico” y semivacío de propuestas consistentes y de sentido.
Es del todo normal que en este cruzar el “vado existencial y planetario” aparezcan miedos, tensiones, exageraciones, desencuentros, derrotas o incluso que nos veamos angustiosamente “perdidos”. No es para menos, por la magnitud del “volcán”…y también porque desconocemos el tiempo que durarán la “travesía y las cenizas”.
Pero, junto a todo esto….¡ya existen “brotes verdes” que nos indican la inicial aparición de nuevas “luces del alba”! Sí, “anticipar el alba”, tal vez sea ésa hoy la misión de la Vida consagra en nuestros ambientes; ser luces para los caminantes, señales para los peregrinos, y nuestras fraternidades espacios de acogida, para escuchar, lugares para hacer posible el encuentro entre lo humano y lo divino
Para ello es necesario “hablar el lenguaje de los hombres”, sintonizar con la “frecuencia de honda de la humanidad” (para testimoniarles y vehicular los valores de Alguien que Es la respuesta que da sentido a todo, también al vivir y al morir, incluso en situaciones de “precariedad” infinita), adquirir una precisa capacitación en alguna de las ramas del saber teológico y de las ciencias y profesiones, según el contexto y el servicio que prestemos.
Y estar en las fronteras de la vida, de la cultura, del pensamiento, de las artes, de la ciencia, de la marginación, de los movimientos sociales, migratorios, etc., para ser “presencia” de vida y de evangelio.
Dentro de ésta compleja realidad, los consagrados y consagradas estamos llamados a crear, quizás reconvirtiendo nuestros medios y estructuras,“laboratorios” de experimentación y síntesis, de encuentro y discernimiento, y también de respuestas, para quienes buscan razones para creer, motivos para vivir y valores para compartir en favor de una humanidad según el Corazón de Dios, según el proyecto evangélico y la vocación propia de los religiosos y religiosas, en sintonía con los propios carismas.
Por supuesto, llamados también a crear escuelas de oración, de espiritualidad, de lectio divina, de encuentro interreligioso y ecuménico…. donde se aprenda la sabiduría de la vida, a dialogar, la tolerancia, el conocimiento del otro y su cultura, la benevolencia, el compartir, la solidariedad…. Todo lo contrario que apoyar eventuales “cruzadas”, que…suelen acabar en crueles “hogueras”, en guerras de exclusión, imposición e intolerancia: “mi verdad contra la tuya”, “mi Dios contra el tuyo”; “mi moral contra la tuya”….
Sí, consagrados y consagradas centinelas del alba, personas incansables llenas de esperanza, testigos del cariño de Dios en medio de los últimos, de los no queridos, de los que no cuentan, de los empobrecidos, de los “encunetados” (puestos por la vida y por la gente en la “cuneta de la existencia”), etc., para ser señales luminosas y cercanas de liberación y salvación, hic et nunc.
Sí tiempos que marcan la historia, tiempos de crisis, de transformación, de “invierno”, pero que preceden siempre a la primavera, a los frutos, a la luz y al sol. Es bueno que la “hojarasca” de la historia, también en la vida de la Iglesia y de la Vida consagrada, es decir, lo que ya no lleva “sabia de vida”, en sus contenidos y expresión (simplemente porque pertenecieron a otra etapa cultural y teológica), se queme, y deje paso a nuevas flores y frutos. Sin nostalgias paralizantes, en actitud de confiada y amable esperanza y compromiso, porque sabemos que el Espíritu crea siempre condiciones nuevas y carismas para cada “capítulo” de la historia de la humanidad y de la Iglesia. Por eso mismo, estos tiempos de crisis y de transformaciones, con sus “inundaciones” y “terremotos”, son necesarios y beneficiosos par que surjan respuestas creativas válidas para cada humanidad y para la Comunidad creyente. Solo así se abre la posibilidad de ser fieles en nuestros compromisos con relación a Dios y a la historia. Es la pedagogía de la libertad y de la creación, siempre ensambladas a la esperanza y a la operatividad en favor del Reino.

2.- Tres grandes compromisos para el presente de la V.c., premisa de futuro

La Vida consagrada quiere ser “profecía del Reino”, se dice hoy con una hermosa imagen; quiere ser visibilización concreta de Evangelio, es decir, de toda la riqueza y propuesta salvadora de la Persona y mensaje del Señor Jesucristo, particularmente a través de la vivencia efectiva y afectiva de las bienaventuranzas (cfr. Lc 6), y de las obras de misericordia (cfr. Mt 25), en relación con los Consejos evangélicos y la vida fraterna. ¿Y cómo se puede hacer esto hoy en día? Claro que hay muchas formas distintas y legítimas de hacerlo, sin embargo, en comunión con un cierto “sentir de la vida consagrada de hoy”, si interpreto bien, sugiero tres compromisos que están en el centro del anhelo de renovación de los consagrados y consagradas de nuestro tiempo: Adorar (Dios) – Acoger (fraternidad) – Servir (apostolado).
Es evidente una cierta convergencia actual, – a partir de la experiencia de la misma vida de tantos religiosos y religiosas, y del servicio magisterial de animación eclesial (con sus muchos y espléndidos documentos de ayuda), de publicaciones y Capítulos – sobre la voluntad de reforzar estos tres elementos citados, como premisas para una renovación global del carisma de la vida consagrada, que es un carisma de testimonio y de servicio. Son tendencias comunes suscitadas por un anhelo de fidelidad, tal vez “Cartas” con algo de divino para la “iglesia de la Vida consagrada hoy”. ¿Las sabremos abrir, leer, asimilar y practicar como un posible don del Espíritu? Yo creo que sí.

a) ADORAR

Adorar, sí, adorar a Dios en la vida consagrada hoy y como una Prioridad totalizadora e inamovible. Es una exigencia que proviene del interior de la misma consagración bautismal y de nuestra vida religiosa , que ha experimentado en sí misma tiempos de “sequía” del Dios vivo, o de alejamiento del “Amor primero”, llegando a beber, a veces, más de “pozos de agua contaminada” (“panteísmo-sincretismo psico-sociológico-espiritual, con poco discernimiento), que del agua cristalina de las “fuentes de la salvación” (Palabra, – sobre todo lectio divina – Sacramentos, Liturgia, Retiros, Ejercicios E., Adoración…).
Gracias a Dios hoy existe una autoconciencia fuerte de la vida consagrada acerca de la primacía de Dios en la vida personal y comunitaria de los consagrados y consagradas, sin la cual todo será construir sobre arenas. Pero otra cosa es que la captación de ese principio fundamental haya “calado” suficientemente en la práctica diaria, en los proyectos personales de los religiosos y religiosas y en los respectivos proyectos comunitarios locales, provinciales, congregacionales. Aunque sinceramente creo que se camina en esa dirección.
Adorar quiere decir poner de nuevo, y con todo su esplendor, en el centro de la propia vida personal y de la vida fraterna en comunidad al Señor Resucitado. No como un valor añadido, lateral, circunstancial, sino como verdadero eje esencial de toda una existencia motivada por el amor, la misericordia y la paz. Un valor ya no discutible, al que hay que garantizar absolutamente tiempo y espiritualidad.
Estamos creciendo, como vida consagrada, en la conciencia de que Adorar no es ante todo un deber, sino una pre-condición y una exigencia para nuestra misma fidelidad a la vocación y misión a la que hemos sido convocados.
Adorar es el manantial de aguas frescas que viene de la más pura tradición religioso-monástica, y que, gracias a Dios, las nuevas generaciones de jóvenes religiosos y religiosas asumen con entusiasmo y convicción.
Ya no es suficiente, para la vida religiosa, y sobre todo para nuestros jóvenes, “recitar juntos los salmos del día”. Se pide, justamente, más, como p.e., aprender a ser abiertamente orantes, con sensibilidad local y universal, con el corazón en el cielo y los pies en la tierra; y facilitando el acceso a nuestros espacios, para abrir “escuelas de oración” para la gente, como nos pide “Pedro”.
Los consagrados y consagradas de hoy no conseguiremos vivir auténticamente nuestra vocación y misión (y con ello empobreceremos enormemente nuestra existencia y la vida de la Iglesia y del mundo, porque infieles), si cada día no encontramos tiempo, personal y comunitariamente, para Adorar a Quien hemos jurado seguir “para tener y dar vida al mundo”; tiempo para proclamar-meditar el salmo 50 y el Magnificat; tiempo para “orar” nuestra fórmula de Profesión religiosa.

b) ACOGER

Acoger hace referencia, en este contexto, a fraternidad, a la vida fraterna en comunidad, y también a le gente con la que diariamente entramos en contacto, por diversas razones.
Sí, necesitamos dar una mayor atención a cuatro palabras-programa: Acogerse – Comunicarse – Quererse- Perdonarse. Es necesario invertir muchas energías en estas propuestas, aunque nos cuesten, para que nuestras comunidades sean cada vez más comunidades humanas y evangélicas, en camino de conversión, al servicio de una misión compartida, con capacidad para vivir con serena satisfacción y recíproca estima, de lo contrario…. “buscaremos fuera lo que no damos o recibimos dentro”: una vida cordial, amable, servicial, comprensiva, dialogante, comprometida, valorativa, unida, sustancialmente pacificada, humildemente gozosa; también en medio de las tensiones, problemas y pecados….
Mucho camino nos espera, pero también en esto nos ayudan nuestros jóvenes hermanos y hermanas de hoy, porque… ¡la sed de acoger-comunicar-querer-perdonarse están en su DNI!.
La tendencia general de la vida consagrada, me parece, va hoy en esta dirección, aunque es evidente que no es todo “agua de rosas”. Existen comunidades en donde se comunica bien, en donde se acoge adecuadamente, en donde la gente se estima, se quiere y se perdona; pero también es verdad que existen notables realidades en donde la comunicación de vida y de fe falla o está ausente; como falta capacidad de acogida, aceptación y amistad; y adecuada expresión de sensibilidades, sentimientos y afectos.
Creo que los Movimientos eclesiales tienen algo que enseñarnos en estos ámbitos de lo humano y cotidiano de las relaciones interpersonales. De hecho, parece, entre ellos las relaciones son más estrechas y espontáneas, cordiales; se comunican más y se aceptan recíprocamente, en sus riquezas y en sus fragilidades, en líneas generales; no están condicionados por modelos relacionales estereotipados y fijados por reglamentos; hay amistad, cercanía afectiva y menos actitudes formales.
Acogerse recíprocamente quiere decir, ante todo, descubrir el sentido bíblico (At y Nt) de la hospitalidad y del huésped (espacio sagrado para escuchar y servir; presencia de lo divino en el visitante).
Significa aceptarse mutuamente con cordialidad y benignidad, en la dimensión de los dones y gracias personales y en sus limitaciones y fallos, en recíproca humildad, sabiendo que todos somos “divinos”, porque somos morada del Dios Trinidad, pero también, a veces, “frutos amargos”, consecuencia de nuestra inmadurez o infidelidad, o de ambas; y abiertos a la “corrección fraterna”, algo tan escaso y tan difícil, hoy y siempre, porque nos cuesta reconocer que “somos de barro”, aunque hayamos recibido por los sacramentos de la iniciación cristiana el Espíritu y la Vida de Jesús. ¡Tenemos realidades y actitudes personales contrarias al Evangelio y que aún no han “recibido la gracia del bautismo”! Dicho con otras palabras, a veces, en nuestras vidas, puede más la cultura o la “sangre” que nuestra fe cristiana o nuestra vida consagrada.

c) SERVIR

Servir hace referencia al capítulo XXV de s. Mateo (juicio final), y a la actitud de lavar los pies a los discípulos (cfr. Jn 13). Una opción preferencial, sin exclusiones, en sintonía con la Constitución del Reino, las Bienaventuranzas, en la que se propone un ideal de vida en la que “se hace todo al revés” de lo que acontece normalmente en la realidad diaria de nuestros mundos, y en donde los que no cuentan, “cuentan”; los que no son, “son”; los que no tienen, “tienen”, etc. Es la opción de amor, traducido en servicio, para con los últimos, que serán “los primeros”, los “preferidos” en el Reino; la atención delicada y respetuosa para con los “pequeños”, los no queridos, los empobrecidos, enfermos, etc. que habitan los mundos infinitos, y tan cercanos, del sufrimiento, de la marginación, de la injusticia, de la desesperación, del alejamiento de Dios…
El Señor vuelve a ser la “Maestro y escuela” de atención al prójimo, siempre, y en cualquier contexto, e independientemente de su riqueza o pobreza ética, moral, religiosa, etc., acogidos y servidos como “señores”, con respeto, con cariño, con delicadeza, como vemos reflejado en tantos episodios del Evangelio. Él y siempre Él será el gran Libro en donde aprender a servir al prójimo con quien nos encontramos cada día en el camino de la vida. Y no habrá otra ley diversa para “evaluarnos” sobre la fecundidad o frustración de nuestra vida, cuando llegue el examen final, que el amor o desamor para con nuestros hermanos y hermanas, reflejo-imagen-presencia del mismo Dios. Porque el Amor “no necesita” ser amado, sino los que “son amados por Dios”, es decir, cualquier persona, en sí misma, independientemente de si es “santa o pecadora”, por ser persona “habitada” por Dios.
También en este campo los jóvenes religiosos y religiosas, como muchos Movimientos eclesiales, nos empujan para desplazarnos hasta “las fronteras” de las antiguas y nuevas realidades existenciales del sufrimiento humano, encrucijadas en donde se elaboran, con presencias humanizadoras, creyentes o no, respuestas de esperanza y de liberación, de cercanía y de inclusión, fuerzas para seguir adelante sin desesperar. Nos empujan a ir a los mundos de la marginación, a los ambientes quebrados por la vida, no redimidos aún por la compasión, el sacrifico y la ternura de los seguidores de Jesús, y en quienes Él sigue crucificado, esperando liberación. Nos empujan a todos esos mundos sociales, culturales, interreligiosos, etc., en donde se crea “cultura” y ciencia, en donde se abre camino la vida, así como al mundo de las migraciones, de la conflictividad social, política, económica, etc.; nos empujan hacia las periferias de las ciudades, y también del campo, y a trabajar en sintonía con los movimientos ecológicos, solidarios, ecuménicos, interreligiosos, pacifistas, etc.
Los consagrados y consagradas estamos llamados a “ser presencia de esperanza y humanización” allí donde otros no quieren llegar, mediadores de la bondad del Dios de Jesucristo en medio de tantos excluidos, en nombre de Jesús y de su Comunidad.
Y todo esto, desde la conciencia de que “hemos sido llamados únicamente para ser enviados”, en disponibilidad plena, sin guardarnos “reservas de autonomía”, para ir a donde no hay testigos y sembradores de vida nueva, de Evangelio, de Jesucristo, el Salvador, el Hijo de Santa María.

3.- Consideraciones finales, a modo de resumen y sugerencias

- Acogerse-comunicarse-quererse-perdonarse, “medicinas” para la vida consagrada.
- La crisis contemporánea de la vida religiosa (probablemente crisis de fe y de significado), en el contexto de cambio trans-epocal, puede ser una estupenda ocasión para “renacer” en fidelidad y significatividad, al servicio de la Iglesia y de la humanidad.
- Es necesario volver a la dimensión de radicalidad, de exigencia y de coherencia evangélica en la vivencia de los Consejos evangélicos y de la vida fraterna en comunidad, acompañadas por una sana tradición de espiritualidad y de ascética.
- La prioridad de una vida con Dios y en Dios como principio inspirador y absoluto.
- Presencia de consagrados y consagradas en los ambientes en donde “se juega y decide la vida” de la humanidad, en las fronteras y encrucijadas de la existencia, al servicio de la compasión y de la liberación en fidelidad al Evangelio según los propios carismas (mundos de la economía, del arte, de la ciencia, de las comunicaciones, de las migraciones, de las esclavitudes y comercio humanos, etc.)
- Empeño de la vida consagrada en favor de la creación de una cultura de integración, de tolerancia, de inclusión, de armonización de las diferencias, de respeto de lo diverso.
- Los únicos y verdaderos tesoros que podemos poner al servicio de nuestras Iglesias y de la gente entre las que vivimos son nuestros Votos religiosos, vividos con coherencia y alegría, y la vida fraterna. Esta es nuestra primera forma de compromiso y de testimonio evangélico y humano, y de fidelidad vocacional.
- El “virus” más contaminante y mortal en el mundo se llama egoísmo, y el antídoto más eficaz es el amor/perdón. Necesitamos comunidades de perdón y de reconciliación.
- No dediquemos excesivas energías, medios y tiempo a problemas “caseros”, internos (papeles, documentos, organización, estructuras, viajes…). Mirarnos menos y abrir más los ojos hacia fuera, para descubrir quién y en dónde nos necesitan. Comunidades interculturales, multiétnicas e internacionales, como laboratorios de interacción convivial que ayuden luego a trasvasar sus riquezas en los diferentes contextos eclesiales y sociales.
- Comunidades que “digan” y señalen espacios de humanidad y espiritualidad reconciliada, que acompañen y compartan fe, solidaridad y esperanzas.
- Comunidades que enseñen a dialogar sin agredir, a buscar siempre puntos de encuentro con nuestros contemporáneos para comprometerse en valores compartidos, a encontrar lo divino en lo humano de cada día, que enseñen a orar.
- Comunidades que relancen la vivencia gozosa de la propia vocación, en fidelidad a su particular carisma (don del Espíritu para la Comunidad eclesial y humana). Será la mejor “propaganda” de pastoral vocacional…
- Comunidades que no pierdan su “ser sal de la tierra” por querer adaptarse al “pensamiento débil” de nuestras sociedades, con el peligro de no ser ya “voz contracorriente” para alertar de “bajones de humanidad y de espiritualidad” en nuestro entorno.
- Comunidades y personas al servicio de las Iglesias locales, sin vocación de protagonismo de ningún tipo (“ni somos los únicos ni los mejores”), dejando los primeros puestos y el centro a los del lugar, yendo nosotros “ad limina”, a las fronteras culturales y ambientales, porque ésa será nuestra mejor “tarjeta de visita”.
- Comunidades siempre al servicio de la verdad y en la caridad, aunque cueste sinsabores e incomprensión, a veces. Sencillamente, “parresía” evangélica, pues somos, nada más y nada menos, “únicamente siervos y siervas”.
- Comunidades que promuevan la pastoral vocacional “de la atracción”, del testimonio gozoso de vida, de servicio evangélico, de vida fraterna, de espiritualidad y humanidad.
- Comunidades que se inspiren en Santa María, la Madre del Señor y nuestra, modelo de vida evangélica, fraternal y apostólica; Mujer que adora, acoge y sirve con bondad, alegría y humildad; que reúne y anima a los discípulos de su Hijo, cada día de la historia; que discierne, que crea unidad y lugar y servicio para todos; que enriquece a la Iglesia en su capacidad de acogida, escucha, sensibilidad y ternura; que nos “re-cuerda” siempre (“volver a poner dentro del corazón”) lo central del Evangelio, y nos sostiene con su maternal protección para que continuemos la misión del Hijo, en el hoy de nuestra historia personal, comunitaria y congregacional, con actitudes de escucha, de sacrificio, de compasión, de comprensión y delicadeza, para que todos y todas puedan sentirse “amados por el Amor” y puedan vivir según su dignidad de hijos e hijas de Dios, de Quien queremos ser enviados y testigos de paz, justicia y reconciliación, en la Iglesia y en nuestras Familias religiosas, en la cotidianidad de nuestras vidas.

Conclusión

Hasta aquí estos comentarios y sugerencias personales, que hablan de la necesidad de un esfuerzo mayor en el camino de fidelidad de la vida consagrada. No todo son estrellas en esta opción de vida, lo sabemos todos y todas. A veces, el Seguimiento es traicionado por nuestras propias actitudes aburguesadas y por nuestro descuido humano y espiritual. Conocemos y experimentamos sombras, fracasos, divisiones, silencios, incoherencias, individualismos, mediocridades, inmadurez, resistencias, desunión, incomunicación, infidelidades… que están presentes en nuestra realidad existencial (llevamos tesoros en vasijas de barro, nos recuerda el apóstol Pablo); pero también tenemos, los religiosos y religiosas, de hoy y de ayer, mayores y jóvenes, capacidad de entrega, de adoración, de acogida, de creatividad, de compasión, de solidaridad, de servicio por amor y con amor, caminando siempre hacia una mayor plenitud, y para que todos tengan Vida en Quien es la Vida, el Camino, la Verdad, el Amor, con el empeño de formar una Comunidad global que anticipe la experiencia del Reino del Señor Jesús.

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