El celibato ¿pérdida o ganancia?

Por: Mtra. Paulina Monjarraz

Hechos para amar

“Dios nos ha amado primero”, es una frase que seguramente hemos escuchado o leído en el Evangelio de San Juan: “Dios nos ha amado primero”, si cayéramos en cuenta del significado de esta realidad nuestro corazón explotaría y todo cobraría un sentido pleno, aún nuestras tristezas y angustias – tal vez sin dejar de sentirlas- tendrían un sentido y no nos llevarían a la desesperanza.
El Amor absolutamente gratuito y original de Dios es la razón por la que todos los seres humanos tenemos una profundísima necesidad de ser amados y de amar. Todos necesitamos amar porque estamos hechos por y para el Amor. Realmente la mayoría o casi todos los grandes males de nuestro mundo tienen su origen en una carencia o falta de amor. Para algunos podría parecer una solución cursi e incluso ingenua pensar que el amor es la gran solución de nuestro mundo, pero no es así, porque no es una solución fácil o light, es en realidad “la solución” que entraña toda la doctrina de salvación de Jesucristo. Dentro de este contexto de redención, de salvación, es donde se debe comprender el “por qué” y el “para qué” de la “renuncia” al amor conyugal de las personas ya sea para consagrarse a Dios o para vivir el celibato apostólico.
Se podrán preguntar algunos si es correcto hablar en términos de “renuncia” por la carga negativa que tiene esta palabra. Ciertamente la renuncia implica dejar algo, sí, pero eso no significa perder sin ganar. Sería mentiroso decir que no se deja algo, y además algo tan preciado y bendecido por Dios como es el amor conyugal, sin embargo, esa “renuncia” es dejar lo menos por lo más.

¿Pérdida o ganancia?

¿Por qué lo menos por lo más? ¿Serán menos santos los casados que los célibes? No, aquí no estamos hablando en términos de santidad personal, pues la santidad personal es la correspondencia a la gracia que Dios nos ha dado, por tanto no se es más o menos santo por el estado o por la vocación a la que Dios nos ha llamado, sino por nuestra correspondencia a ella. Sin embargo, hablar de celibato o consagración significa ir más allá de nuestra disposición natural hacia el amor recto entre un hombre y una mujer. Que el celibato requiera ir más allá, significa moverse en una dimensión sobrenatural, por tanto, que rebasa las solas fuerzas y disposiciones puramente humanas. Por esto, el celibato es un don de Dios, una gracia o un don que Dios añade a nuestra naturaleza para que esta renuncia nos sea posible y amable. Para que sea una ganancia y no una pérdida.
De modo que la persona que decide responder a esta llamada de Dios no es una persona que no ama, o que no tiene los mismos deseos y necesidad de amar y de ser amado que aquellos que contraen matrimonio. No, muy al contrario, esta persona llamada por Dios expande más su capacidad de amar y de ser amado porque dedicará todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu para hacer llegar el amor de Cristo a todo sitio y en todo tiempo, a cada persona, sin que ninguna otra obligación tenga prioridad sobre de ésta.

Celibato y sexualidad

Sin embargo, una mujer o un hombre que vive el celibato podría pensar o preguntarse con toda sencillez y sinceridad, entonces ¿para qué mi cuerpo, para qué mi sexualidad, si yo no seré madre o padre? En primer lugar habría que redimensionar o ubicar nuestra propia corporeidad. Es importante comprender que el ser humano es una unidad de cuerpo y alma, donde el cuerpo no es un estorbo para el espíritu o una ocasión de pecado. Hay que afirmar el sentido positivo y real de nuestra corporeidad, tanto así que podemos afirmar sin error: “Yo soy mi cuerpo” aunque no sólo mi cuerpo. Pero tal vez el error o el equívoco que entraña esta pregunta es una reducción del cuerpo a la sexualidad y una reducción de la sexualidad a la pura corporeidad. El hecho de no ejercer nuestra sexualidad para engendrar no quiere decir que no ejerzamos nuestra masculinidad o nuestra feminidad. La persona no tiene sexo, sino más bien es una persona sexuada, lo cual significa que somos varones o mujeres en todo nuestro ser, no solamente por algunas partes de nuestro cuerpo. De modo que todo lo que hacemos: sentir, trabajar, pensar, sonreír, etc., lo hacemos como varones o como mujeres. Por tanto, también ese servicio o donación a los demás hombres para llevarles el amor de Cristo lo hacemos con toda nuestra masculinidad o con toda nuestra feminidad.
Cuando el primer mandamiento nos dice, “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”; nos está diciendo que el amor hacia Él no es un amor que nos reprima o nos llene de prohibiciones, y mucho menos que anule nuestra masculinidad o nuestra feminidad. Muy al contrario las plenifica en su sentido original mandado desde el Génesis “ser fecundos”, pues esa “renuncia” no anula el amor, sino que lo expande a todos aquellos que aún engendrados en la carne sin amor, podrán recibir el amor de Cristo por esta “renuncia”, que permite siempre dar más… Un ejemplo cercano y amable de este desarrollo de la maternidad en la vida consagrada, lo podemos ver maravillosamente encarnado en la Madre Teresa de Calcuta, quien puso todo su corazón de mujer en amar a todos esos hijos que sus padres no pudieron o no quisieron amar.

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